En Colombia queda claro quién quiere el diálogo por la paz y quién no

Insurgencia y Terrorismo

Después de medio siglo de conflicto armado en Colombia, es deseable un diálogo político entre las partes enfrentadas. Da la impresión que uno de los actores, las FARC, lo
quiere, pero el otro, el gobierno de Santos, no.

Con las seis liberaciones que logró de retenidos por las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en los últimos diez días, la ex senadora colombiana Piedad Córdoba ya tiene en su haber una veintena de esos casos. Los logró siempre en forma muy trabajosa, superando mil obstáculos puestos por el Estado cuando gobernaba Alvaro Uribe pero también con su sucesor Juan Manuel Santos.
Piedad Córdoba fue dejando jirones de su carrera política en el camino. A causa de esos trámites de “facilitadora” de las liberaciones terminó siendo acusada por la Procuración uribista de tener vínculos con la guerrilla. El año pasado fue destituida como senadora y condenada a no poder ocupar cargos públicos durante 18 años.
Esa jugada fue una maniobra muy sucia, destinada a plantear ante la opinión pública que si bien el uribismo tenía fuertes nexos con el paramilitarismo y el narcotráfico -al punto que muchos de sus legisladores fueron presos-, la otra parte de la política también estaría contaminada. En este caso, Córdoba, supuestamente con “los terroristas”.

Gesto de desagravio.
A raíz de esa injusta destitución, la ex senadora tuvo una compensación. El Secretariado Nacional de las FARC decidió una liberación unilateral de prisioneros como gesto en su desagravio. Lo comunicó el 8 de diciembre de 2010 y culminó en forma exitosa en estos días de febrero, cuando seis cautivos de la guerrilla fueron puestos en manos de la Cruz Roja Internacional. Córdoba tuvo el rol decisivo de nexo entre las dos partes en conflicto y Brasil fue el vecino que aportó negociadores y logística (helicópteros).
La lista de liberados se abrió el 9 de febrero con el concejal Marcos Baquero y el patrullero de la policía Carlos Ocampo. Siguió unos días después con el también concejal Armando Acuña y el infante de la Marina Henry López Martínez, que arribaron al aeropuerto de Florencia (sur de Colombia) en un helicóptero brasileño.
Luego de un contratiempo originado en operativos militares que dificultaban la entrega de los rehenes, con tres días de demora fueron puestos en libertad el mayor de la policía Guillermo Solórzano y el cabo del ejército, Salín Sanmiguel.
La organización civil presidida por la ex senadora, Colombianas y Colombianos por la Paz (CCP), fue la garante de estas exitosas operaciones humanitarias. Quedó un saldo objetivo: la fuerza insurgente dirigida desde mayo de 2008 por Alfonso Cano está haciendo gestos a favor de abrir un diálogo de paz. La otra conclusión a la vista es que Piedad Córdoba tuvo mucho que ver con que desde 2007 hasta la actualidad una veintena de retenidos por las FARC pudieran ir regresando a sus hogares. Su gestión fue la antítesis del “rescate militar” ideado por Uribe y su entonces ministro de Defensa, Santos.

Santos, no muy santo.
En la presidencial Casa de Nariño, de Bogotá, en cambio, prevalece desde 2002 una línea beligerante y más aún, belicista. Está absolutamente centrada en el militarismo y paramilitarismo para tratar de aniquilar a la guerrilla, tanto de las FARC cuanto del ELN.
Primero fueron los dos turnos del gobierno de Uribe y desde agosto del año pasado en el primero de Santos, que con matices, ponen el énfasis en las acciones militares.
El comandante de las Fuerzas Armadas de Colombia, almirante Edgar Cely, y el jefe del Ejército, general Alejandro Navas, son las principales espadas para combatir a la guerrilla, junto al general Oscar Naranjo, jefe de la Policía. Esto, de fachada, pues detrás de esos personajes e instituciones -a la que hay que sumar la policía secreta DAS- se mueve el factor decisivo de la contienda: el Comando Sur del Ejército norteamericano, su “plan Colombia” con apoyo de 700 millones de dólares anuales y su injerencia en las siete bases militares cedidas por Uribe en el final de su gestión.
Esta fuerza afín al imperio no ha vacilado en atacar e invadir territorio ecuatoriano en marzo de 2008, en Sucumbíos, con tal de asesinar a un comandante de las FARC (Raúl Reyes). Y luego no tuvo escrúpulos en llevar el vínculo con Venezuela al punto cercano a la guerra, sirviendo también a los intereses estadounidenses, siempre listos para todo lo que sea atacar al gobierno de Hugo Chávez. Afortunadamente en la relación con Caracas el presidente Santos no ha tenido la misma virulencia que su antecesor y hoy ese vínculo bilateral está en una buena situación.

Pulsión por matar.
Luego del crimen de Reyes, el 22 de setiembre de 2010 las fuerzas militares colombianas bombardearon un campamento de la guerrilla y mataron a Jorge Briceño, “Mono Jojoy”, a quien consideraban el jefe militar de la organización.
Con esos éxitos militares y con la convicción de tener cercado en Tolima al jefe máximo, Alfonso Cano, la pulsión por matar se ha exacerbado en las autoridades gubernamentales y castrenses.
Un pequeño detalle lo ilustra. La demora que sufrió la Cruz Roja Internacional para recibir a dos de los liberados recientes tuvo que ver con movimientos de tropas en Tolima, donde buscó destruir los campamentos de Cano. Hace casi un año que esas tropas tienen ese objetivo en la zona, habiéndose creado la Fuerza Especial de Tareas Sur, por abril de 2010, con el objetivo de matar al líder que reemplazó a Manuel Marulanda Vélez, fallecido de un accidente cardiológico.
El 18 de febrero, cuando los insurgentes estaban buscando entregar a sus retenidos a la Cruz Roja Internacional, Santos declaraba a Radio Caracol: “las Fuerzas Militares saben en qué aérea está Cano. Le estamos respirando en la nuca y ese bandido cae como el Mono Jojoy”.

Problemas locales.
Coincidiendo con Santos, su ministro de Defensa, Rodrigo Rivera, declaró que una operación contra el jefe de las FARC había “fallado por poco” en agosto pasado, antes de abatir a Mono Jojoy.
En este momento, fastidiados por cierta recuperación política y propagandística de la agrupación revolucionaria tras las liberaciones unilaterales, el jefe de la Casa de Nariño ha urgido a sus militares que apresuren sus acciones para poder mostrar al mundo la cabeza decapitada de Cano.
Esa política de confrontación y continuidad de la guerra es avalada por la administración Obama y el Comando Sur. En medio de tantos problemas que le generan a Washington otros gobiernos sudamericanos, comenzando por Venezuela y siguiendo por los de Ecuador y Bolivia, y en otro nivel, Argentina y Brasil, para el imperio es fundamental asir firmemente la mano de su incondicional aliado-súbdito colombiano.
Son tres razones para pensar que lamentablemente no habrá en el corto plazo una real negociación de paz entre el Estado y las FARC: Santos cree estar ganando la pulseada bélica, EE.UU. sigue apostando a la vía militar en Colombia y no se ve en la población de ese país un movimiento social y político de envergadura que reclame la apertura de esa negociación.

Iniciativa sin plafond.
De todas maneras, es plausible que la ex senadora Piedad Córdoba y su entidad hayan organizado esta semana en Buenos Aires el Encuentro “Haciendo la Paz en Colombia”. El evento arrancó el lunes y cerró ayer, con la participación de personalidades como Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz; Federico Mayor Zaragoza, ex ministro español y ex director general de la Unesco; Jorge Taiana, ex canciller argentino; y Rafael Follonier, asesor de la Secretaría General de Unasur, entre otros. Además, fueron invitados otros dirigentes como Lucía Topolansky, presidenta del Senado de Uruguay y el ex presidente colombiano Ernesto Samper.
A falta de argumentos políticos para contrarrestar la propuesta pacifista que brotó de ese encuentro internacional en la capital argentina, el ex presidente Uribe usó su cuenta de Twitter para descalificar a Pérez Esquivel. Twiteó: “¿Por qué Pérez Esquivel les hace mandados a las FARC?”, “Pérez Esquivel: Nobel difamador al servicio de los terroristas colombianos”, y otras provocaciones por el estilo.
¿Cuál fue el delito del Nobel argentino? Recordar que Uribe y su primo, el ex senador Mario Uribe, tenían vínculos con los paramilitares. De hecho, el segundo está condenado por la justicia por esa relación con quienes fueron responsables de decenas de miles de muertes.
Ojalá que la senadora Córdoba tenga razón en su estimación de que se puede abrir en el corto plazo una negociación de paz en Bogotá. Este cronista, por las tres razones apuntadas, no comparte ese optimismo. Para Santos y Washington sigue siendo la hora de los fierros.

Fuente:http://www.laarena.com.ar/Emilio Marín

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