La Cristina perpetua y el rol de la “oposición”

Política

Por Nicolás Márquez

Fue en la contienda electoral de 1998 cuando en Venezuela la oposición no tomó muy en serio la candidatura presidencial de Hugo Chávez y la posterior reforma constitucional que este luego impulsó. Hoy, promediando el 2012, Chávez sigue en el poder y esa misma oposición depende del avance de una enfermedad y no tanto de sí misma para librarse de ese personaje y de ese oprobioso sistema estatista y expropiador al cual oportunamente se le restó importancia.

A diferencias del agónico déspota de Caracas (quien ante su inminente deceso no tuvo la cautela de tener una consorte para delegarle el gobierno), en la Argentina Néstor Kirchner puso a su mujer, Cristina, como heredera dinástica del poder conyugal. Con esta argucia familiar, un mismo proyecto político “gambeteó” los límites impuestos por la Constitución Nacional (práxis habitual en el peronismo) y la familia Kirchner pudo conseguir así tres períodos consecutivos al mando del PEN.

Pero la trampa del nepotismo gubernamental mostró algunos límites. Al morir Néstor Kirchner técnicamente el matrimonio quedó sin chances de continuar alternando el poder más allá del 2015. ¿Cómo sigue la parentela real para proseguir con la trampa reeleccionista? El matrimonio de marras tuvo dos hijos, Máximo y Florencia. Descartando a esta última por su edad y porque al parecer nunca le interesó la militancia, todo indica que “el mudo” Máximo tampoco está en condiciones objetivas de “bancarse” una candidatura, una campaña y mucho menos una gestión. El glamoroso ucedeísta Amado Boudoú habría sido un atajo al efecto, un testaferro ideal del poder de su jefa, pero los escándalos de corrupción que pesan sobre su persona lo liquidaron políticamente (aunque las maniobras oficiales contra el Juez Rafecas hayan logrado hacerlo zafar judicialmente). ¿Qué hacer entonces?

La ex guerrillera devenida en millonaria Diana Conti, en consonancia con los propagandistas del régimen volvió a agitar con fuerza la “necesidad” de reformar “el sentido” de la Constitución Nacional, en inequívoca argucia para habilitar a la viuda a ejercer su despotismo sine die.[1] En verdad, este tipo de “necesidades institucionales” no son otra cosa más que un verdadero recurso discursivo, para que una determinada banda de inescrupulosos aprovechadores pueda reformarla CN y perpetuar su poder y su negocio a expensas del botín estatal.

Salvaguardando la contra-reforma constitucional de 1957 (que devolvió la letra de 1853-60 aunque agregándole el desatinado y demagógico 14 Bis), en puridad fue el peronismo el único partido político que con propósitos releccionistas modificó la Constitución Nacional en el Siglo XX. En efecto, tanto el dictador Juan Perón en 1949 como Carlos Menem en 1994 (con la complicidad del inflacionista Raúl Alfonsín) hicieron lo propio a los efectos de prolongar sus respectivos intereses personales y partidarios. Ahora nuevamente el peronismo alegando “razones de actualización” vuelve a la carga con sus manoseos a la misma.

Pero más allá del verso “reformista” y de “necesidades” institucionales inexistentes, hay un dato que no es menor: las reformas constitucionales suelen ser avaladas con el sufragio de las muchedumbres. Ocurre que es propio de las aldeas tercermundistas (en la que la Argentina se ha ido convirtiendo desde los años 40`) apelar al auxilio de caudillos paternalistas y providenciales que vienen a defender “los intereses” del pueblo y por ende resulta “imprescindible” prorrogarles el poder.

Pero el peligro de una reforma constitucional no se limita a la mera habilitación de una nueva reelección indefinida para que los demagogos estiren su negocio y su renta. Este tipo de artimañas siempre vienen acompañadas de un bagaje de reformas complementarias dirigistas y estatistas que progresivamente van aniquilando el derecho de propiedad y las libertades individuales. ¿Acaso una eventual convención constituyente no estaría abarrotada de legisladores zurdos y peronistas ávidos de reglamentar desde la ley de gravedad hasta la presión atmosférica?

Pareciera que el gobierno técnicamente no tiene el quórum suficiente como para imponer por sí tamaña investida, entonces tendrían que recurrir a la obediente y solícita colaboración de los “bloques opositores”: ¿apoyarían éstos el requerimiento oficial?

Por lo pronto, apenas un puñado menor de legisladores se negaron a convalidar el robo y la cooptación estatal de YPF (aunque con argumentos tibios y confusos, hay que destacar que fue el PRO quien no se sumó a esta felonía). Si el grueso de los parlanchines “opositores” han votado y apoyado tamaña inmoralidad institucional e ideológica para con el petróleo: ¿por qué no habrían de hacer lo mismo ante una reforma constitucional que en sí misma no acarrea ilegalidades visibles?

Podría pensar el amigo lector que estas reflexiones o prevenciones aquí expuestas pecan de alarmistas o exageradas. Pues eso mismo le dijeron al venezolano Alejandro Peña Esclusa cuando este advertía sobre los riesgos graves que implicaba ser un opositor blando y dialoguista para con Hugo Chávez y sus adláteres.

A riesgo de pecar de redundantes o reiterativos, terminaremos la presente epístola citando exactamente el mismo párrafo con el que la empezamos:

“Fue en la contienda electoral de 1998 cuando en Venezuela la oposición no tomó muy en serio la candidatura presidencial de Hugo Chávez y la posterior reforma constitucional que este luego impulsó. Hoy, promediando el 2012, Chávez sigue en el poder y esa misma oposición depende del avance de una enfermedad y no tanto de sí misma para librarse de ese personaje y de ese oprobioso sistema estatista y expropiador el cual oportunamente se le restó importancia”.

Es sabido que hay dos formas de aprender: o con la experiencia propia o con la ajena. Ya que la oposición no aprende con la primera, ¿que tal si prueba con mirar las ajenas?

La Prensa Popular | Edición 102 | Lunes 30 de Abril de 2012

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