El fin de una ilusión

Política

Ya no es el tiempo de pensar en lo que no tienes, sino en lo que puedes hacer con lo que hay”
-Ernest Hemingway

Un golpe político puede llevarse a cabo gradualmente y sin hacer ruidos: es lo que trataron de consumar todos estos años los Kirchner y sus seguidores.

La naturaleza de su legitimidad y la forma con que utilizaron hasta hace un año las instituciones democráticas para ponerse el país “en el bolsillo”, quedó finalmente comprometida por la muerte de Néstor, algo que no estaba en los planes de “ocupación territorial” de la tropa santacruceña.

La serie de problemas que tuvieron que resolver desde ese día -trágico para el kirchnerismo-, sometieron a una tensión insoportable al sistema democrático argentino, poniendo en tela de juicio la eficacia del mismo.

En estos días, en que la estructura “heterodoxa” montada irresponsablemente comienza a “hacer agua” (aunque Cristina lo rechace), el gobierno se ve obligado a tragarse los sapos de una denostada “ortodoxia”: o ajustan el despilfarro, o se hunde el barco.

A pesar del duro golpe que les ha impuesto una realidad que los desborda, siguen balbuceando consignas con olor a naftalina para tratar de dominar un escenario que evidencia su improvisación técnica e intelectual.

Olvidan que las relaciones con los hombres de negocios y los sindicatos -dos corporaciones dominantes en el escenario nacional-, fueron manejadas con mano de hierro por un hombre como Néstor Kirchner que ya no está, con pocos escrúpulos y una gran astucia para someter a los demás mediante los “castigos” más inesperados. Ello posibilitó el montaje de “la gran ilusión”.

El ex Presidente robusteció la idea de que el poder que iba obteniendo se debía a su diálogo con el pueblo “sin intermediarios”, estableciendo paulatinamente una cierta forma de democracia teocrática.

Hoy ya no hay con quién hablar en el seno del poder. Sus residuos están esparcidos entre un coro de voces que disimulan con sus gorjeos desafinados el hecho de tener que ajustarse un chaleco salvavidas para mantenerse a flote en medio de la marejada que han desatado.

Parece agrietarse la estructura que pretendió consolidar lazos de una nueva “unión nacional” que se “amoblaría” con instituciones dóciles que le rindieran pleitesía al poder autoritario.

“El modelo que propugnamos, ha llegado para reconstruir la vida de los argentinos” bramaba Néstor en otro tiempo durante sus discursos casi monosilábicos.

Hemos vivido anestesiados esa etapa –que nos fue impuesta por nuestros errores-, y favorecimos con nuestra poca calidad cívica el régimen de impunidad con que se manejó el país desde el advenimiento de los Kirchner.

La corrupción más desvergonzada se expandió por doquier y una inflación en crecimiento con cuentas públicas desbocadas nos tiene hoy contra las cuerdas.

Desde la muerte de Néstor, la maquinaria siguió andando durante un tiempo bajo la batuta de su consorte, pero sin duda alguna Cristina no tiene las características personales de su marido, a pesar de querer convencernos de que es una “copia fiel del original”.

Ellos dos funcionaban como un tándem. La desaparición de uno, dejó al otro girando “excéntricamente” en el aire.

Solo la inercia y el luto sobreactuado sostuvieron un andamiaje que está resquebrajándose paulatinamente. Néstor era un hombre de acción que creía en la praxis de la guerra lanzada en pos de un objetivo: la toma del poder y su retención indefinida. Cristina, es una persona inestable que suele sufrir los “compromisos traicioneros” de un carácter emotivo y apegado a la retórica.

La actual Presidente ha sido reelegida porque todo el mundo creyó ver en ella a la “heredera”, pero poco a poco, ha quedado a la vista que su devoción por el llamado “modelo” no es más que pura cháchara: las circunstancias la obligan a dar pasos laterales y en círculos como el tero, para subsanar los embrollos que creó con su finado marido.

Se han agotado las “cajas” proveedoras de fondos frescos para despilfarrar, que permitieron lanzar “volutas de opio” para anestesiar al pueblo haciéndole creer que habíamos entrado en un mundo de bienestar indefinido.

Los conciliábulos que se celebran entre bambalinas en el Calafate y los aposentos de Olivos no son más que “puestas en escena” de una obra a la que no pueden encontrarle un nuevo “relato”, porque no existe forma de seguir sobornando a los ciudadanos: Néstor ya no está.

Mientras tanto el gobierno “cristinista” comienza a echarnos en cara que hayamos disfrutado de la mentira que montaron y que osemos estar disconformes ahora porque las cosas no resultaron como fueron pensadas por ellos.

Será muy difícil desandar el camino equivocado. La oposición estará representada en el futuro por un eventual coro de “indignados” vernáculos y será cuestión de ver cómo renuevan frente a ellos el “encantamiento” de sus políticas “gaseosas”, evitando ponerse el país “de sombrero”.

Ya no es el tiempo de ensayar la puesta en marcha de una “soberanía intelectual” (sic), abstracción que nos propone la Presidente como si nada de lo que ocurre estuviera sucediendo: los cimientos, tal como fueron concebidos y levantados, han comenzado a ceder.

Es probable que los “salmones” kirchneristas (Cristina dixit), deban comenzar en masa su “desove” muy pronto.

Mientras tanto, ¡Qué lindo es presenciar el baile sin ningún pudor de la Presidente detrás de su atril favorito como si estuviera festejando la obtención de algún Grammy!

Que hayamos llegado a vivir estas situaciones, permite comprender mejor lo que alguna vez dijo de nosotros el ex Presidente uruguayo Jorge Batlle: “los argentinos hablan un idioma que el resto del mundo no entiende”.

Carlos Berro Madero
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